miércoles, 26 de noviembre de 2008

LA TORRE DE LOS PANORAMAS



"Vine a verte, aparecida, luz del mirador/ música de las mareas, dame tu canción
*Jorge Drexler- La Aparecida

Banda de sonido de una caminata por la rambla, rumbo a la Ciudad Vieja. El destino final es La Torre de los Panoramas, el altillo de la casa donde el escritor Julio Herrera y Reissig apadrinaba, en los comienzos del Siglo XX, famosas tertulias vanguardistas asociadas a un naciente modernismo literario.
Antes de llegar al Templo Inglés, subiendo por la Plaza España, en el cruce de Ituzaingó y Reconquista sobrevive la antiquísima construcción de aspecto colonial. Según http://www.mec.gub.uy/, no existe documentación que establezca la antigüedad del edificio, aunque sus características arquitectónicas sugieren que data de la segunda mitad del Siglo XIX.
La casa fue declarada Monumento Histórico Nacional pero su estructura, lejos de reflejar el cuidado que merece, muestra evidentes signos de deterioro.
Allí funciona la Academia Nacional de Letras desde 1997 hasta la actualidad
y a pesar de que sus empleados no tienen novedades sobre una futura obra, la misma página del MEC sostiene que “están muy adelantados los trámites para restaurar la sede de la Academia”. El site informa que el proyecto arquitectónico está a cargo de la División Arquitectura del Ministerio de Transporte y Obras Públicas, y la financiación a cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.
La esquina sobrevive junto a otras, todas en forma de proas, curiosamente determinadas por la presencia de Brecha, una diagonal que se abre camino hacia el centro en ese mismo punto del bajo montevideano. Algunos vecinos sostienen que el nombre de la calle hace referencia a la brecha que abrieron los ingleses en ese lugar, ante la frustración del primer intento de invasión. Una vez ahí, acceder a la famosa Torre es tan sencillo como tocar el portero y esperar que la amable secretaria abra, reciba y guíe escaleras arriba.





Subo el alma a la azotea, para que esté libre y pueda jugar, la ropa de la vecina, cuelga y mira para acá
*Fernando Cabrera- La Azotea

Físicamente, la Torre de los Panoramas es una piecita bastante más pequeña y solitaria que lo sugerido por su nombre, pero el tentador ejercicio de volver al pasado puede resultar sorprendente y conmovedor. El mismo lugar en 1900, con el Pampero entrándole sin obstáculos, unas pocas lucecitas desparramadas, casas, estrellas y más allá el faro de Punta Carretas. El resto, horizonte despejado y ese austero retazo del patchwork montevideano donde Julio Herrera y Reissig y sus secuaces - tipos de galera, pañuelo y bastón- se reunían alrededor de la literatura, los inminentes ideales modernistas y el opio.
Superando los límites de la casa, el panorama resultaba igualmente cautivante. En el comienzo del Siglo XX, las callecitas del bajo proveían de excesos y placeres mundanos, tejiendo un laberinto oscuro y salvaje donde las prostitutas, los homosexuales, el juego clandestino, los puñales y todo lo prohibido por la ley era cosa cotidiana. “Los hombres hablaban de ese lugar en voz baja y las mujeres daban vuelta la cara para el otro lado cuando los tranvías recorrían aquellas calles angostas y sucias que olían a toda clase de frituras”, dice el suplemento “Entrevistas de Di Candia” del diario El País.
A partir de 1850, las azoteas y miradores fueron imprimiendo un aspecto particular en la arquitectura urbana de Montevideo. “El comerciante que está interesado en los negocios marítimos tiene su mirador, algo parecido a una torre de observación, donde con su largavista observa el distante horizonte hacia el este, ansioso por la seguridad o el esperado arribo de algún velero”, recuerda Anibal Barrios Pintos en el libro "La Ciudad Vieja (2) - Los Barrios de Montevideo". Si bien la Torre de los Panoramas era una de esas azoteas, cabe destacar una particularidad de su fisonomía: a la vez que ofrecía un inmejorable punto de vista, permanecía casi oculta para quien mirara desde la calle, lo que aseguraba una reserva invalorable para la época.
En 1940, en la casa funcionó un hotel alojamiento, el valor de la habitación era de un peso pero había una pieza “para obreros” a la que se llegaba por una escalera, que valía la mitad y que todo indicaría que se trataba nada menos que de la Torre.
El panorama que ofrece el mirador en la actualidad, en parte se mantiene y en parte, naturalmente, ha cambiado. Hacia el Oeste en lugar del puerto y el Cerro de ven medianeras de edificios, luego la majestuosa estampa del Templo Inglés de espaldas, con su cruz rayando la línea del horizonte. Al Sur el río en su máxima expresión, a veces marrón, otras verdoso o gris azulado. Luego, hacia el Este la Compañía del Gas y casi toda la costa hasta el Faro de Punta Carretas. Al Norte la ciudad.
En materia edilicia, la casa se mantiene en estado casi original, con sus paredes agrietadas, sus crujientes aberturas de madera, sus largos balcones y azoteas con barandas de hierro forjado, los patios con claraboyas y los techos a la porteña (de ladrillos con tirantes); todo continúa allí desde hace más de un siglo.








El uso indebido y el tráfico ilícito de drogas es un lado oscuro de la realidad que queremos y debemos transformar. Este lado oscuro no es nuevo, y tampoco es cosa de pobres y de vagos. Basta tener presente aquella fotografía de Julio Herrera y Reissig, miembro de una familia patricia y uno de los exponentes más destacados de la literatura uruguaya, inyectándose morfina en su Torre de los Panoramas; para constatar lo que acabamos de decir. Y él no fue el primero ni ha sido el único, y lamentablemente no será el último.” Las palabras pertenecen al discurso que el Presidente Tabaré Vázquez pronunció el martes 27 de junio de 2006, en el marco del Día del Compromiso con el Problema Drogas. Vázquez hace referencia a una foto publicada en la revista porteña Caras y Caretas en 1907, en la que el hijo del Dr. Manuel Herrera y Obes y sobrino del ministro y presidente de la República Dr. Julio Herrera y Obes, se está dando una inyección de morfina. Julio sufría una cardiopatía congénita que lo obligaba a usar distintas drogas para apalear los síntomas, por eso hay quienes dicen que la foto no refleja una adicción, sino un típico gesto de dandismo con el objetivo de fomentar su leyenda maldita. Sin embargo, un suplemento del diario español El Mundo, publicado el 3 de febrero de 2002, cita a Rubén Darío recordando el discurso de su admirado amigo y colega uruguayo. "No soy un vicioso. Cuando tengo que escribir algún poema en el que necesito volcar todo mi ser, todo mi espíritu, toda mi alma, fumo opio, bebo éter y me doy inyecciones de morfina. Pero eso lo hago cuando tengo que trabajar. Los paraísos artificiales son para mí un oasis", decía Reissig.
Muchas son las versiones sobre las prácticas sucedidas en el oscuro altillo de
dos metros y medio de lado, entre las que se cuentan la esgrima y el espiritismo. Lo cierto es que La Torre de los Panoramas fue un verdadero caldo de cultivo de la literatura uruguayo de aquellos tiempos, junto al Consistorio del Gay Saber, un cenáculo similar que Horacio Quiroga fundó en un cuarto que alquilaba en la calle 25 de Mayo.
La Torre se fundó a principios de 1903, con sus dos ventanas (una al Oeste y otra al Sur), una mesa, algunas pocas sillas, un bonete turco y dos floretes viejos como único mobiliario. El despojo no era tal en las paredes, con provocadoras frases y declaraciones del dueño de casa, como “Prohibida la entrada a los uruguayos”, “Perded toda esperanza los que entrais” o “No hay manicomio para tanta locura”.
Por la Torre pasaron muchos de los jóvenes escritores de la época, como Florencio Sánchez, Roberto de las Carreras, César Miranda, Raúl Lerena Joanicó, Illa Moreno, Francisco Aratta, Pablo Minelli González entre muchos otros. El producto de lo que allí sucedía fue una escritura revolucionaria, provocadora, un verdadero contra discurso que atrajo muchos enemigos y algunos pocos amigos que supieron entenderlo y valorarlo a tiempo.
En 1936, Pablo Neruda editó en la revista madrileña Caballo Verde un homenaje al escritor uruguayo, considerado un liberador de la lengua, creador de ritmos, verbos y fulgores magnéticos. "Si Rubén Darío es el rey indudable de la marmolería modernista, Julio del Uruguay arde en el fuego subterráneo y submarino, y su locura verbal no tiene parangón en nuestro idioma", dijo Neruda. A sus enemigos, Reissig les contestaba: “En el verso culto, las palabras tienen dos almas: una de armonía y otra ideológica. De su combinación que ondula un ritmo doble, fluye un residuo emocional: vaho extraño del sonido, eco último de la mente, cauda rareiforme y estela fosfórica, peri esprit de la literatura, equis del temperamento y del estado psíquico, que cada cual resuelve a su modo y que muchos ni perciben".





*Publicado en La Diaria el martes 25 de noviembre de 2008.

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