*miradas 1
*miradas 2
*miradas 5
*miradas 6
*Puerto de Praia do Forte
MORRO DE SAO PAULO: EL PARAÍSO PERDIDO
Morro de Sao Paulo es otro destino obligado, ubicado en el extremo norte de la Isla de Tinharé, 270 km. al sur de Salvador. Hay varias opciones para llegar al lugar, una es la que combina un viejo “ferry boat” que cruza desde la Terminal Marítima de Sao Joaquim en Salvador, hacia Itaparica, cada una hora, por el módico precio de un dólar. Es un medio de trasporte muy popular, el viaje toma unos 50 minutos y ofrece una impactante vista de Salvador. La punta de la enorme ciudad con edificios y torres, luego una transición con el barrio histórico en lo alto y un dilatado final de favelas que parecen montañas de casas.
Desde la Terminal de Bom Despacho, en Itaparica, salen ómnibus con destino a Valença, la ciudad continental más próxima a la isla de Tinharé. Después de una hora y media de viaje por una ondulante ruta entre morros, campos alambrados, precarias construcciones rurales y algunos cebúes pastando; llega Valença. Desde el puerto es posible tomar una lancha rápida que cruza a Morro en media hora por poco más de 2 dólares. El trayecto es una especie de laberinto pluvial, con muelles de madera desde los que algunos niños se tiran al agua, zambullen y nadan. Más allá algunos lugareños pescando en chalanas largas y angostas, de madera o de fibras vegetales, con velas de telas que fueron blancas; todo muy austero y artesanal.
La llegada a Morro se caracteriza por la presencia amable pero por demás perseverante de los “taxis”, hombres morenos que se ofrecen a trasladar el equipaje en carretillas hasta la posada. A juzgar por la empinada y larguísima subida que aparece al bajar de la lancha, el servicio parece indispensable. Más allá del antiquísimo portal del pueblo (fundado en 1535) las calles son de arena o de piedra, suben y bajan en picada y no hay autos.
La villa es un simpático laberinto, una especie de Punta del Diablo XL (todo en Brasil es XL), organizado por playas. La “Primera Playa” es la más céntrica, donde se encuentran la mayoría de las posadas y locales comerciales. La Segunda es la de la vida nocturna, restaurantes con shows en vivo y fiestas, la Tercera un poco más alejada, con algunas posadas; La Cuarta y La Quinta Playa o Praia do Encanto, las dos más distantes y recomendadas.
Para disfrutar la belleza de Morro sin salir corriendo ante tanta parafernalia turística, la opción es hacer base en las playas más alejadas y desde ahí visitar la villa. El encanto de un pueblo instalado sobre un morro en el mar, la capilla de Nuestra Señora de la Luz ( de 1845), la plaza, las lucecitas de “La Broadway” o calle principal, la Fuente Grande (el mayor sistema de abastecimiento de agua de la Bahía colonial construida en 1746), el faro, las veteranas sentadas en la vereda de sus casas con sus mejores batones y peinadas como con spray; son algunas de las atracciones que se pueden disfrutar en paseos acotados por la villa. En las afueras, el espectáculo no es menos tentador. En las noches de verano y luna llena, los cangrejos salen de sus cuevas con rumbo a la playa para aparearse. Cada tanto, en la orilla pasan sombras de cuerpos corriendo, lanza en mano, cazando cangrejos que después comen o venden.
Y el mar, como en casi todas las playas bahianas, bordeado por cocoteros, ofrece los mejores baños en piscinas naturales que se forman entre los arrecifes de corales, cuando baja la marea. Agua tibia, transparente, tranquila y habitada por cardúmenes.
*Puestos de jugos de la Segunda Playa, Morro.
* Posada Anjalí, Boipeba
*Armado hasta los dientes, kermés en centro de Boipeba.
*Casco viejo de la villa de Boipeba
*Puesto de pescadores en la playa, Boipeba.
SALVADOR: CHUVA, SUOR E CERVEJA
Con 3, 5 millones de habitantes, el área metropolitana de Salvador es la cuarta del país en densidad de población. Es la ciudad con mayor porcentaje de habitantes negros fuera de Africa (alrededor de un 80%), fue la capital del país y sede del gobierno general desde 1549 hasta 1763, cuando se trasladó a Río de Janeiro (y luego en 1960 a Brasilia).
Faltan apenas 4 días para el comienzo del carnaval 2009, la alegría, la excitación, el alcohol, los ensayos y la presencia de turistas y policías van invadiendo las calles del Pelourinho o barrio histórico de Salvador, cuyo nombre hace referencia a las columnas de piedra donde se castigaba a los esclavos.
Declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, el Pelourinho es otro rincón de Bahía que, arquitectónicamente, parece haberse detenido en el tiempo y a pesar de haber sido restaurado por un programa estatal en los 90, todo se mantiene, con mayor o menor deterioro, en estado casi original.
La metrópolis se divide en “ciudad alta” y “ciudad baja” y el barrio histórico se encuentra en la parte más elevada. Uno de los medios más utilizados para recorrer los 72 metros que separan ambas zonas es el elevador Lacerda, que fue construido en 1873 y actualmente unas 30 mil personas pasan por allí a diario.
Sólo por mencionar algunas de las atracciones del Pelourinho, al entrar a la Iglesia de San Francisco (construida entre 1686 y 1708), es inevitable quedar con la boca abierta ante su interior totalmente dorado, lleno de obras, molduras, revestimientos y esculturas de madera, de estilo barroco y bañados (dicen que con más de mil kilos) de oro.
Unas cuadras más abajo, la Iglesia de Nossa Señora do Rosario dos Pretos, con su fachada lavanda, es una de las postales más típicas del centro histórico. La empezaron a construir en 1704 los miembros de la “Hermandad de Nuestra Señora del Rosario de los Hombres Negros”, para terminarla casi un siglo después. Con patrimonio arquitectónico y artístico como el frente rococó y el interior neoclásico, el verdadero valor de esta iglesia radica en ser una muestra del sincretismo religioso en su máxima expresión. En el fondo hay un cementerio de esclavos y la misa es una ceremonia que combina deliberadamente elementos del catolicismo con otros de origen afrobrasileño como el candomblé. Hay un altar y se pasa la bolsa para la limosna, pero el frío saludo de la paz se transforma en un cálido abrazo fraternal y las canciones son alegres y cantadas a viva voz, resultando un evento bastante más feliz y alejado de la culpa que la tradicional misa católica.
Afuera llueve a cántaros pero el asedio de la más variada fauna de vendedores ambulantes no se detiene y vuelve a ser imposible olvidar la condición de turista.
Mozos de restaurantes que abren el menú en la cara de los peatones, vendedores de caracoles, collares, hamacas paraguayas, flores artesanales fabricadas en el momento con corteza de cocotero, kioscos ambulantes y musicalizados que ofrecen desde golosinas hasta marihuana camuflada en cartones de cigarro. El Pelourinho es una máquina turística a todo vapor, la incesante tarea de rechazar ofertas no tarda en volverse tediosa y la amabilidad del turista pronto se transforma en un rotundo y certero rechazo.
5 siglos de agitada historia y la diversidad cultural que caracterizan la identidad de Bahía han nutrido a talentosos artistas. Jorge Amado, Vinicius de Moraes, Dorival Caymmi, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Caetano Veloso, María Bethania, Gal Costa y,
ya que estamos en carnaval, Olodum. Esta agrupación cultural fue fundada en 1979
con objetivos como combatir el racismo, fomentar la autoestima de los miembros de la comunidad afro-brasileña y pelear por sus derechos civiles. En el carnaval 86 presentaron una propuesta musical que dio origen al género conocido como samba-reggae. Un extracto de su formación se convirtió en una banda que vendió muchos discos y recorrió el mundo con sus shows en la década del 90, alcanzando un pico de popularidad en 1995, a raíz de la participación en el clip de “They don’t care about us” (No les importamos) de Michael Jackson, donde puede verse la contradictoria escena del ex negro convertido en blanco, con la típica remera de la banda con le símbolo de la paz, bailando junto a un montón de negros que tocan sus tambores en las calles del Pelourinho. Desde entonces, los ensayos de Olodum son los más caros y codiciados por locales y turistas. Cientos de personas esperando en la calle para entrar, adentro otro tanto, bailando bajo un gran tinglado algunos y bajo la lluvia otros, todos con transpiradas latas de cervezas en la mano. Al centro del escenario, la típica vestimenta con colores jamaiquinos y los dreadlocks conviven con los micrófonos de manos libres. A los costados, dos pantallas proyectan con estética de esténcil y dudoso criterio, los retratos de Bob Marley, Nelson Mandela y Barack Obama. Afuera, todo es un poco más genuino, a un día del comienzo de la gran fiesta, el “Bloco do Caldo” lleva a cabo su ensayo al aire libre. Los integrantes van llegando, se van ordenando, comienzan a sonar los primeros instrumentos y avanzan lentamente por las callecitas del barrio negro, con cientos de seguidores que bailan, compran caipirinhas heladas en los puestos que ya están montados en las plazas del barrio y cantan: “é hoje o día da alegría/ e a tristeza, nem pode pensar en chegar/diga espelho meu!/se há na avenida alguém mais feliz que eu” (hoy es el día de la alegría/y la tristeza no puede pensar en llegar/dime espejo/ si hay en la venida alguien más feliz que yo).
*Amanecer en los techos de Salvador de Bahía
*Ciudad Alta y Ciudad Baja de Salvador de Bahía, desde el elevador Lacerda.

“Hay flores en el mar/ Todos saben que en febrero crecen flores en el mar/ (…) En el borde de tu falda/ hoy te vienen a entregar/madre fuerza de las aguas/flores blancas en el mar/En el borde de tus barcas/una tenue claridad/y en los ojos de tus hijos/se te puede adivinar/Se van las barcas de Iemajá.”
*Rubén Olivera, “Flores en el mar”
Sábado 31 de enero, 11 AM
María José atiende el teléfono que suena insistentemente: “Llama Sagrada, buenos días”, dice la empleada y toma un block para anotar uno de los tantos pedidos que la santería de la calle Fernandez Crespo recibe en los días previos a la festividad de Iemanjá. En los pasillos del local una docena de clientes seleccionan souvenirs celestes y plateados que depositan en canastitas, otros cotejan un par de puñales, “¿Cuánto sale el perfume de Iemanjá?” -pregunta alguien, “35” -responde María José desde el otro del mostrador, donde junto a dos empleados más embalan mercadería para envíos mayoristas. En la puerta del local llaman la atención dos grandes barcas de madera en tamaño casi natural (de entre 2 y 3 metros), esperan a ser elegidas. “La más pequeña sale $1.100 y la más grande $ 2.500, son construidas y decoradas por un artesano, suelen ser compradas por todos los hijos que integran un templo, pero este año las ventas vienen más o menos y todavía no se han vendido”, aclara la empleada.
En la intersección de las calles Uruguay y Fernandez Crespo, un altoparlante anuncia el horario extendido de la santería Ogún Iemanjá, que permanecerá abierta sábado y domingo. En el interior del local, sentada en la caja, Margarita asegura que las ventas vienen siendo excepcionales, notablemente superiores a las del año pasado. “Mirá si te miento, no damos abasto” -dice, mientras muestra el cuaderno con una larga lista de las ventas hechas en lo que va del día. Por su parte, en la santería Colonial, Rita asegura que las ventas han disminuido notablemente. Mientras estima que los fieles de un templo pueden gastar entre $500 y $2000, lo que prefieren la mayoría de los clientes de su local son las barcas ($160 una de 1.20 m), los souvenirs (desde $10), las imágenes de yeso, las velas con forma de la diosa del mar ($25) y algunas particularidades como el maíz y la miel para preparar la mazamorra y las imágenes vestidas con atuendos alegóricos especialmente confeccionados a mano y por pedido ($880). A juzgar por la concurrencia de las santerías y más allá de las diferentes opiniones de sus empleados y propietarios, es evidente que la fiesta de Iemanjá es un evento comercialmente significativo.






