lunes, 13 de abril de 2009


*mañana

*vamos de paseo

martes, 7 de abril de 2009

*el amor (última parte)


miércoles, 25 de marzo de 2009

BAHÍA, TERRA DA FELICIDADE

San Salvador de Bahía es uno de los destinos más elegidos de Brasil, la gran ciudad muestra su esplendor en carnaval y sus alrededores ofrecen un verdadero tesoro de islas paradisíacas (algunas anónimas todavía) que vale la pena conocer.
El aeropuerto se ubica 35 km. al Norte de Salvador, en la misma dirección, unos 55 km más arriba por la “Ruta de los cocoteros”, Praia do Forte (Playa del Fuerte) es una inmejorable forma de empezar el paseo.
Por tratarse de una zona donde la conquista dio sus primeros pasos (todo comenzó en 1500, con los portugueses llegando a Porto Seguro, 700 km al sur de Salvador) en el Nordeste brasileño la evidencia de la historia está a la orden del día y Praia do Forte no es una excepción.
En 1551, tres años después de la fundación de Salvador, un portugués llamado García D’Avila comenzó la construcción de un castillo que resultaría la primera y única construcción medieval de Latinoamérica. Una verdadera fortaleza que tardó 73 años en construirse y le dio nombre a Praia do Forte, un punto de observación estratégico donde, según cuenta la leyenda, se veía la llegada de barcos y un mensajero salía a caballo con la mala nueva, rumbo a Salvador.
Con un poco de típica grandilocuencia local, la villa fue bautizada como la Polinesia brasileña, fue uno de los destinos elegidos por los hippies en los 60, como Arembepe, unos pocos kilómetros al sur, que por entonces tuvo habitués como Roman Polanski, Caetano Veloso o Janis Joplin.
Poco queda de aquella aldea de pescadores con pasado comunitario. La veta hippie viró a compromiso ecológico, en los hoteles hay carteles que indican dejar las toallas en el piso para que sean remplazadas por unas limpias, con el objetivo de administrar recursos (agua, jabón, corriente eléctrica) concientemente. También está el proyecto Tamar, que protege de la extinción a 4 especies de tortugas marinas.
La parte más auténtica de la aldea sobrevive acotada ante el inminente avance del turismo. Los resorts conviven con los pescadores, las boutiques y restaurantes de la avenida principal con las humildes viviendas de las calles aledañas. Recovecos con olor a pescado fresco, donde los lugareños tejen redes y las cosas tienen el encanto de lo que no está montado para el turista. Algo similar sucede en el pequeño puerto del pueblo, junto a una plaza de tierra donde parece haberse detenido el tiempo, se concentran unas pocas barracas (bares de playa), algunas viejas embarcaciones de madera pintada y la bellísima iglesia de San Francisco. Inmensa y pequeña a la vez, blanca y azul, de antiquísima simpleza y mágicamente actual, fue construida en el Siglo XVI, con techo a dos aguas de tejas hundidas y desteñidas por el tiempo, a orillas del mar, es una de las mejores postales del pueblo.





*Puerto de Praia do Forte



*Iglesia al atardecer

*Iglesia de noche

MORRO DE SAO PAULO: EL PARAÍSO PERDIDO

Morro de Sao Paulo es otro destino obligado, ubicado en el extremo norte de la Isla de Tinharé, 270 km. al sur de Salvador. Hay varias opciones para llegar al lugar, una es la que combina un viejo “ferry boat” que cruza desde la Terminal Marítima de Sao Joaquim en Salvador, hacia Itaparica, cada una hora, por el módico precio de un dólar. Es un medio de trasporte muy popular, el viaje toma unos 50 minutos y ofrece una impactante vista de Salvador. La punta de la enorme ciudad con edificios y torres, luego una transición con el barrio histórico en lo alto y un dilatado final de favelas que parecen montañas de casas.
Desde la Terminal de Bom Despacho, en Itaparica, salen ómnibus con destino a Valença, la ciudad continental más próxima a la isla de Tinharé. Después de una hora y media de viaje por una ondulante ruta entre morros, campos alambrados, precarias construcciones rurales y algunos cebúes pastando; llega Valença. Desde el puerto es posible tomar una lancha rápida que cruza a Morro en media hora por poco más de 2 dólares. El trayecto es una especie de laberinto pluvial, con muelles de madera desde los que algunos niños se tiran al agua, zambullen y nadan. Más allá algunos lugareños pescando en chalanas largas y angostas, de madera o de fibras vegetales, con velas de telas que fueron blancas; todo muy austero y artesanal.
La llegada a Morro se caracteriza por la presencia amable pero por demás perseverante de los “taxis”, hombres morenos que se ofrecen a trasladar el equipaje en carretillas hasta la posada. A juzgar por la empinada y larguísima subida que aparece al bajar de la lancha, el servicio parece indispensable. Más allá del antiquísimo portal del pueblo (fundado en 1535) las calles son de arena o de piedra, suben y bajan en picada y no hay autos.
La villa es un simpático laberinto, una especie de Punta del Diablo XL (todo en Brasil es XL), organizado por playas. La “Primera Playa” es la más céntrica, donde se encuentran la mayoría de las posadas y locales comerciales. La Segunda es la de la vida nocturna, restaurantes con shows en vivo y fiestas, la Tercera un poco más alejada, con algunas posadas; La Cuarta y La Quinta Playa o Praia do Encanto, las dos más distantes y recomendadas.
Para disfrutar la belleza de Morro sin salir corriendo ante tanta parafernalia turística, la opción es hacer base en las playas más alejadas y desde ahí visitar la villa. El encanto de un pueblo instalado sobre un morro en el mar, la capilla de Nuestra Señora de la Luz ( de 1845), la plaza, las lucecitas de “La Broadway” o calle principal, la Fuente Grande (el mayor sistema de abastecimiento de agua de la Bahía colonial construida en 1746), el faro, las veteranas sentadas en la vereda de sus casas con sus mejores batones y peinadas como con spray; son algunas de las atracciones que se pueden disfrutar en paseos acotados por la villa. En las afueras, el espectáculo no es menos tentador. En las noches de verano y luna llena, los cangrejos salen de sus cuevas con rumbo a la playa para aparearse. Cada tanto, en la orilla pasan sombras de cuerpos corriendo, lanza en mano, cazando cangrejos que después comen o venden.
Y el mar, como en casi todas las playas bahianas, bordeado por cocoteros, ofrece los mejores baños en piscinas naturales que se forman entre los arrecifes de corales, cuando baja la marea. Agua tibia, transparente, tranquila y habitada por cardúmenes.


`Salvador desde Itaparica



*Piscinas naturales en Praia do Encanto, Morro.



*Puestos de jugos de la Segunda Playa, Morro.




*Iglesia de Morro





*Orquídea de una noche, Praia do Encanto, Morro



BOIPEBA: EL SECRETO MEJOR GUARDADO

“Boipeba es lo que era Morro hace 30 años”, cuenta una acertada definición de otra las 23 islas que forman el archipiélago de Tinharé, de 450 km cuadrados y un total de 11.400 habitantes. Las islas están separadas por canales y ríos de difícil navegación, con arrecifes y bancos de arena, razón por la cuál muchos de estos lugares se mantienen vírgenes. El río que separa la isla de Thinaré (donde se ubica Morro) de la de Boipeba, alimenta a una leyenda que cuenta que, por ser de tan difícil navegación, las embarcaciones de los portugueses encallaban fácilmente y eran atacadas por los Amorés, indios caníbales que habitaban la zona. La dantesca escena bautizó el canal como “Río do Inferno”.
Afortunadamente, Boipeba es uno de los secretos mejor guardados del turismo bahiano, tiene 4 mil habitantes que viven en su mayoría de la pesca, en un contexto austero que contrasta con la exuberante riqueza que proveen la tierra y el mar, donde la pobreza no es sinónimo de hambre. Sentados en la vereda, una numerosa familia de pescadores se alimenta de una enorme fuente de cangrejos. Cocos, guayabas y mangos penden de sus plantas al alcance de la mano.
En las antípodas de Morro, Boipeba no parece estar esperando a los turistas que, cuando llegan, se ensamblan a su ritmo y sus costumbres. La actividad social de la villa sucede entorno a una plaza, que tiene en el centro un potrero y lo que vendría a ser un mini parque diversiones, con una cama elástica y un puesto donde los morenos se arman hasta los dientes para dispararle a un paquete de chicles. Cerca, algunos locales de comida ofrecen manjares a precios moderados, como “Lá em casa”, un restaurante de delicias vegetarianas o “Anália”, famoso por servir la mejor “moqueca de camarones” (plato típico) del lugar. A una hora de caminata por la playa cuando la marea está baja o atravesando morros, se llega a Moreré, considerada entre las 10 mejores playas del mundo. Cuesta creer que un lugar tan virgen paradisíaco exista más allá de las páginas de una revista de viajes y turismo.





*Posada Anjalí, Boipeba.



* Posada Anjalí, Boipeba


*Armado hasta los dientes, kermés en centro de Boipeba.


*Villa de Boipeba



*Villa de Boipeba

*Casco viejo de la villa de Boipeba





*Puesto de pescadores en la playa, Boipeba.


SALVADOR: CHUVA, SUOR E CERVEJA
Con 3, 5 millones de habitantes, el área metropolitana de Salvador es la cuarta del país en densidad de población. Es la ciudad con mayor porcentaje de habitantes negros fuera de Africa (alrededor de un 80%), fue la capital del país y sede del gobierno general desde 1549 hasta 1763, cuando se trasladó a Río de Janeiro (y luego en 1960 a Brasilia).
Faltan apenas 4 días para el comienzo del carnaval 2009, la alegría, la excitación, el alcohol, los ensayos y la presencia de turistas y policías van invadiendo las calles del Pelourinho o barrio histórico de Salvador, cuyo nombre hace referencia a las columnas de piedra donde se castigaba a los esclavos.
Declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, el Pelourinho es otro rincón de Bahía que, arquitectónicamente, parece haberse detenido en el tiempo y a pesar de haber sido restaurado por un programa estatal en los 90, todo se mantiene, con mayor o menor deterioro, en estado casi original.
La metrópolis se divide en “ciudad alta” y “ciudad baja” y el barrio histórico se encuentra en la parte más elevada. Uno de los medios más utilizados para recorrer los 72 metros que separan ambas zonas es el elevador Lacerda, que fue construido en 1873 y actualmente unas 30 mil personas pasan por allí a diario.
Sólo por mencionar algunas de las atracciones del Pelourinho, al entrar a la Iglesia de San Francisco (construida entre 1686 y 1708), es inevitable quedar con la boca abierta ante su interior totalmente dorado, lleno de obras, molduras, revestimientos y esculturas de madera, de estilo barroco y bañados (dicen que con más de mil kilos) de oro.
Unas cuadras más abajo, la Iglesia de Nossa Señora do Rosario dos Pretos, con su fachada lavanda, es una de las postales más típicas del centro histórico. La empezaron a construir en 1704 los miembros de la “Hermandad de Nuestra Señora del Rosario de los Hombres Negros”, para terminarla casi un siglo después. Con patrimonio arquitectónico y artístico como el frente rococó y el interior neoclásico, el verdadero valor de esta iglesia radica en ser una muestra del sincretismo religioso en su máxima expresión. En el fondo hay un cementerio de esclavos y la misa es una ceremonia que combina deliberadamente elementos del catolicismo con otros de origen afrobrasileño como el candomblé. Hay un altar y se pasa la bolsa para la limosna, pero el frío saludo de la paz se transforma en un cálido abrazo fraternal y las canciones son alegres y cantadas a viva voz, resultando un evento bastante más feliz y alejado de la culpa que la tradicional misa católica.
Afuera llueve a cántaros pero el asedio de la más variada fauna de vendedores ambulantes no se detiene y vuelve a ser imposible olvidar la condición de turista.
Mozos de restaurantes que abren el menú en la cara de los peatones, vendedores de caracoles, collares, hamacas paraguayas, flores artesanales fabricadas en el momento con corteza de cocotero, kioscos ambulantes y musicalizados que ofrecen desde golosinas hasta marihuana camuflada en cartones de cigarro. El Pelourinho es una máquina turística a todo vapor, la incesante tarea de rechazar ofertas no tarda en volverse tediosa y la amabilidad del turista pronto se transforma en un rotundo y certero rechazo.
5 siglos de agitada historia y la diversidad cultural que caracterizan la identidad de Bahía han nutrido a talentosos artistas. Jorge Amado, Vinicius de Moraes, Dorival Caymmi, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Caetano Veloso, María Bethania, Gal Costa y,
ya que estamos en carnaval, Olodum. Esta agrupación cultural fue fundada en 1979
con objetivos como combatir el racismo, fomentar la autoestima de los miembros de la comunidad afro-brasileña y pelear por sus derechos civiles. En el carnaval 86 presentaron una propuesta musical que dio origen al género conocido como samba-reggae. Un extracto de su formación se convirtió en una banda que vendió muchos discos y recorrió el mundo con sus shows en la década del 90, alcanzando un pico de popularidad en 1995, a raíz de la participación en el clip de “They don’t care about us” (No les importamos) de Michael Jackson, donde puede verse la contradictoria escena del ex negro convertido en blanco, con la típica remera de la banda con le símbolo de la paz, bailando junto a un montón de negros que tocan sus tambores en las calles del Pelourinho. Desde entonces, los ensayos de Olodum son los más caros y codiciados por locales y turistas. Cientos de personas esperando en la calle para entrar, adentro otro tanto, bailando bajo un gran tinglado algunos y bajo la lluvia otros, todos con transpiradas latas de cervezas en la mano. Al centro del escenario, la típica vestimenta con colores jamaiquinos y los dreadlocks conviven con los micrófonos de manos libres. A los costados, dos pantallas proyectan con estética de esténcil y dudoso criterio, los retratos de Bob Marley, Nelson Mandela y Barack Obama. Afuera, todo es un poco más genuino, a un día del comienzo de la gran fiesta, el “Bloco do Caldo” lleva a cabo su ensayo al aire libre. Los integrantes van llegando, se van ordenando, comienzan a sonar los primeros instrumentos y avanzan lentamente por las callecitas del barrio negro, con cientos de seguidores que bailan, compran caipirinhas heladas en los puestos que ya están montados en las plazas del barrio y cantan: “é hoje o día da alegría/ e a tristeza, nem pode pensar en chegar/diga espelho meu!/se há na avenida alguém mais feliz que eu” (hoy es el día de la alegría/y la tristeza no puede pensar en llegar/dime espejo/ si hay en la venida alguien más feliz que yo).




*Techos de Salvador de Bahía



*Amanecer en los techos de Salvador de Bahía




*Más techos de Bahía


*Ciudad Alta y Ciudad Baja de Salvador de Bahía, desde el elevador Lacerda.

martes, 24 de marzo de 2009

PARABRISAS




mi dulce camionero
cuándo me vas a llevar
contigo en tu carroza
de fierro y negro metal
y poder ver las cosas
tan pequeñas al pasar,
tan sólo nos separa
un cristal del mundo real
cada día que pasemos
no lo voy a olvidar
ya no rueda
si no vuela nuestro camión
no habrá más coches
en circulación
sólo tú, yo
y nuestro camión
y habrá tantas cosas
de las que podremos hablar,
a tu lado en la cabina
entre campos de cereal
cada día que pasemos
no lo voy a olvidar,
ya no vuela
si no flota nuestro camión
y es bien cierto
que a tu lado
yo me querría estrellar
pon la cinta otra vez
impacto de felicidad


*KLAUS Y KINSKI - AUTOVIA DE ALBACETE.

jueves, 19 de marzo de 2009


*living


*basura electrónica (facultad de ingeniería)






*mañana de otoño ¡ahí viene nick!



miércoles, 4 de febrero de 2009

LA FIESTA DE JANAÍNA

FLORES EN EL MAR

Hay flores en el mar/ Todos saben que en febrero crecen flores en el mar/ (…) En el borde de tu falda/ hoy te vienen a entregar/madre fuerza de las aguas/flores blancas en el mar/En el borde de tus barcas/una tenue claridad/y en los ojos de tus hijos/se te puede adivinar/Se van las barcas de Iemajá.”

*Rubén Olivera, “Flores en el mar”


Sábado 31 de enero, 11 AM
María José atiende el teléfono que suena insistentemente: “Llama Sagrada, buenos días”, dice la empleada y toma un block para anotar uno de los tantos pedidos que la santería de la calle Fernandez Crespo recibe en los días previos a la festividad de Iemanjá. En los pasillos del local una docena de clientes seleccionan souvenirs celestes y plateados que depositan en canastitas, otros cotejan un par de puñales, “¿Cuánto sale el perfume de Iemanjá?” -pregunta alguien, “35” -responde María José desde el otro del mostrador, donde junto a dos empleados más embalan mercadería para envíos mayoristas. En la puerta del local llaman la atención dos grandes barcas de madera en tamaño casi natural (de entre 2 y 3 metros), esperan a ser elegidas. “La más pequeña sale $1.100 y la más grande $ 2.500, son construidas y decoradas por un artesano, suelen ser compradas por todos los hijos que integran un templo, pero este año las ventas vienen más o menos y todavía no se han vendido”, aclara la empleada.
En la intersección de las calles Uruguay y Fernandez Crespo, un altoparlante anuncia el horario extendido de la santería Ogún Iemanjá, que permanecerá abierta sábado y domingo. En el interior del local, sentada en la caja, Margarita asegura que las ventas vienen siendo excepcionales, notablemente superiores a las del año pasado. “Mirá si te miento, no damos abasto” -dice, mientras muestra el cuaderno con una larga lista de las ventas hechas en lo que va del día. Por su parte, en la santería Colonial, Rita asegura que las ventas han disminuido notablemente. Mientras estima que los fieles de un templo pueden gastar entre $500 y $2000, lo que prefieren la mayoría de los clientes de su local son las barcas ($160 una de 1.20 m), los souvenirs (desde $10), las imágenes de yeso, las velas con forma de la diosa del mar ($25) y algunas particularidades como el maíz y la miel para preparar la mazamorra y las imágenes vestidas con atuendos alegóricos especialmente confeccionados a mano y por pedido ($880). A juzgar por la concurrencia de las santerías y más allá de las diferentes opiniones de sus empleados y propietarios, es evidente que la fiesta de Iemanjá es un evento comercialmente significativo.








Domingo 1 de febrero, 11 PM
La oscuridad de la playa Ramírez se va desvaneciendo con la luz de las primeras velas. Es una noche fresca sobre todo en la costa del río, sin embargo los primeros grupos de gente vestida de blanco se van instalando en la arena, haciendo huequitos en círculo para que el viento no apague la llama y depositando en el centro barcas de distintos tamaños, algunas de madera liviana, otras de espumaplast, con abundancia de ofrendas en su interior: flores, frutas, maquillaje, bijouterie, merengue, mazamorra con miel y velas que iluminan el interior de las naves.
Mientras el incesante sonido de la sineta (una pequeña campanilla de bronce) genera un hipnótico colchón sonoro, el toque final lo da el Pae del grupo, vaporizando un perfume dulzón sobre la vela de raso celeste de la barca y luego sobre las manos de sus hijos de su templo. La ofrenda está pronta, los fieles se ubican en ronda alrededor de la barca y entonan una canción, luego el Pae mira hacia la costa y enuncia en portugués sus pedidos y agradecimientos a Iemanjá. Los más jóvenes toman la barca y se dirigen río adentro, avanzando unos 200 metros mientras que los mayores aguardan en la orilla. Con el agua llegándoles a la cintura intentan depositar la barca en el agua, pero surge un imprevisto y se vuelca, hundiéndose en cuestión de segundos. Nadie se altera, la sineta no se detiene y la ceremonia parece continuar a pesar del accidente. Los encomendados a la frustra tarea emprenden la retirada, el contraste de los atuendos blancos en plena oscuridad ofrece un truco visual impactante: parecen cuerpos sin cabeza que se mueven como avanzando y retrocediendo al mismo tiempo. Al acercarse a la costa la ilusión óptica queda develada: los fieles caminan hacia atrás, sin darle la espalda al agua. A lo lejos, otras barcas tenuemente iluminadas continúan su ruta rumbo a las profundidades del reino de Iemanjá.



Lunes 2 de febrero 7 PM
Desde la Rambla Sur la postal de playa Ramírez ofrece un aspecto inusual, invadida por una muchedumbre que poco tiene que ver con lo que sucedía la noche anterior. Donde reinaba la tranquilidad de unas pocas ceremonias genuinas, ahora cunde el exceso y el eclecticismo de lo que parece ser el mainstream de la fiesta de la Diosa del mar.
Los olores, los colores, las ofrendas, los sonidos y los ritmos, los gestos y movimientos; todo va cobrando intensidad. La gente desborda los límites de la playa, llenando la plazoleta y la pista de patinaje vecinas, el monumento a Iemanjá ubicado sobre la vereda de enfrente, el Parque Rodó, la rambla, toda la zona parece un hormiguero a escala humana. Fieles, turistas y curiosos van de un lado a otro en busca del espectáculo más atractivo.
En la arena, contra el muro de la rambla, los terreiros o templos más consolidados instalan sus altares, con carpas improvisadas o prolijos gazebos, verdaderas proveedurías que incluyen frutas, dulces y golosinas, abundantes bebidas alcohólicas, tabaco y tortas decoradas para la ocasión que alcanzan dimensiones impactantes. Circundando el altar, una zona delimitada por cañas, velas o redes, marca el territorio donde los Paes o Maes de Santo y sus Hijos de Religión llevan a cabo los diferentes cultos y del que es conveniente mantenerse a una sana distancia. “Por favor, esfuércense en respetar los límites del perímetro porque los Orixás en tierra deben ser tratados con suma delicadeza”, aconseja el texto leído antes de la ceremonia de la Mae Myriam de Oxum, que participa de esta fiesta desde 1989, cuando llegó a Montevideo desde Santana do Livramento.
En otro de los templos improvisados, los presentes forman fila esperando el momento de ingresar a la zona circunscripta y recibir la bendición o la descarga. El Pae da la orden y uno de sus colaboradores va dosificando la entrada de los interesados. Una mujer madura ocupa uno de los primeros lugares de la fila, evidentemente conmocionada por el momento, se saca sus coquetos zuecos plateados y deja su bolso de vinílico y su caniche toy -ambos de un blanco inmaculado- al cuidado de alguien que la precede. Llega su turno, ingresa, mientras recibe distintos tipos de sanación (algunos le pasan armas cortantes por los límites del cuerpo, otros lo frotan con sobrefaldas de su vestimenta o lo recorren con un movimiento de manos que pareciera ir arrancándole cosas), afuera del perímetro su caniche toy no le quita los ojos de encima, pega saltos tirando de la correa y con la lengua afuera llora desconsolado.
Alrededor de las 21, el juego de luces entre el atardecer, las cientos de velas que titilan en la arena y en el agua y las siluetas recortadas de las miles de personas que ocupan la playa; ofrecen un espectáculo que cautiva la mirada.
Alrededor de las 23 la fiesta parece alcanzar su clímax, las divinidades (orixás, caboclos o pretos velhos) han sido invocadas e incorporadas en los hijos de santo, ahora médiums, con evidentes signos de posesión. Veloces danzas giratorias, gritos y expresiones ininteligibles para los ajenos a la materia, manos endurecidas como garras, ojos cerrados o blancos, caras tapadas por espesas cabelleras, extrañas muecas en la cara, tabaco, alcohol y gente que habla con voces que claramente no son las suyas; constituyen las principales causas de atracción para algunos y de temor para otros.
En el horizonte asoman los primeros relámpagos anunciando la tormenta que no tardará en llegar, señalando que ya es hora de retirarse y, al menos para algunos, una de las fiestas más populares de Montevideo ha llegado a su fin.

*Nota publicada en La Diaria del 4 de febrero de 2009.








martes, 3 de febrero de 2009

IEMANJÁ

LA MADRE DE TODOS LOS PECES

*Mae Myriam de Oxúm en su última ceremonia de la Diosa del Mar.


Cuenta la leyenda que Olokum, reina del océano y madre de Iemanjá, le obsequió a su hija una botella con una misteriosa pócima para ser usada sólo en caso de extremo peligro. Iemanjá estaba casada con Odudua -un temible guerrero y fundador de la ciudad de Ifé- pero cansada de vivir bajo la tiranía de su esposo, huyó hacia el oeste. Odudua movilizó a su ejército para que la atrapara y Iemanjá, amenazada por los soldados y negándose a volver a Ifé, arrojó la botella con fuerza sobre el suelo. El recipiente se hizo trizas, la pócima se derramó y en instantes la zona se convirtió en un gran río que arrastró a Iemanjá, devolviéndola a la morada de su madre Olokum, el océano.
Si bien las leyendas son muchas y variadas, el nombre Iemanjá significa en todas “madre cuyos hijos son los peces”. Es una figura central dentro del culto yoruba, que llegó a América desde Nigeria con los esclavos y se afianzó principalmente en Brasil donde, sincretismo mediante, dio origen a los cultos afro-americanos como la Umbanda, Kimbanda, Batuque y Candomble, entre otros.
En el vasto universo simbólico de las creencias afro-americanas, un orixá es una divinidad, una figura mística asociada a una fuerza energética de la naturaleza, un arquetipo de comportamiento humano y una actividad en la sociedad. Cada fiel o practicante es hijo de un orixá que lo caracteriza y lo protege y a quien le debe rendir culto y hacer ofrendas.
En ese contexto el protagonismo de Iemanjá radica en su condición de orixá del mar, pero sobre todo en la de ser la madre de la mayoría de los orixás.
En el Diccionario de Cultos Afro-Brasileros, Olga Cacciatore hace referencia a 15 orixás que serían sus descendientes: Dadá, Xango, Ogum, Olokum, Oloxá, Iansa, Oxum, Obá, Orixiko, Oke, Obaluaie, Oruro, Oxupá, Oxóssi y Aje Xalungá. Con su estampa de formas opulentas y senos prominentes Iemnajá encarna el poder de gestación y la fertilidad, resultando la figura materna por excelencia.


FIELES A LA ORIXA DEL MAR

A mediados del Siglo XX, algunos cultos afro-brasileros fueron bajando desde Bahía, instalándose en Río de Janeiro y luego en el sur de Brasil, atravesando las fronteras para comenzar a instalarse también en nuestro país. “En las localidades brasileñas fronterizas con el Uruguay (Quaraí, Livramento) ya revestía importancia la presencia de locales del culto Umbanda conocidos localmente como "terreiros" o "caboclos" en los finales de la década de los años 50. En los comienzos de la década siguiente, ya existían algunos locales aunque pocos en Montevideo”, establece Renzo Pi Hugarte en “Cultos de posesión y empresas de cura divina en el Uruguay”.
La libertad de culto establecida por la constitución nacional fue un factor que favoreció el desarrollo de estas religiones, que lograron en Uruguay una legitimidad social notablemente mayor a la alcanzada en Argentina y otros países americanos. La creciente convocatoria de la fiesta celebrada los 2 de febrero en la Playa Ramírez cumplió un rol protagónico en esa evolución
“El día de Iemanjá, comenzó a tomar las características de gran fiesta pública después de la dictadura. A partir de 1987 se ha podido notar un explosivo crecimiento de la concurrencia en ese sitio y la continuada expansión hacia otras playas montevideanas, así como a otras partes del país. En las últimas ediciones esta playa resultó pequeña, aun cuando otras -como la del Cerro y la del Buceo, principalmente- congregaron igualmente verdaderas muchedumbres”, afirma Pi Hugarte.
En 1994, a la creciente popularidad de la fiesta se sumó la instalación del monumento a la Diosa del Mar en la Rambla Wilson, entre Jackson y Eduardo Acevedo. Dos años más tarde se creó la FAUDU (Federación Afro-Umbandista del Uruguay), a lo que le siguió en 1997 la creación de Atabaque, una publicación mensual que constituye el único medio umbandista de salida regular con más de 11 años de historia. 1999 fue otro año significativo para estos cultos, con el surgimiento de IFA (Institución Federada Afro-Umbandista), la primera con personería jurídica que le permite funcionar legalmente, aprobada por el entonces Ministro de Cultura Yamandú Fau.
Entre 2000 y 2001, la fiesta de Iemanjá fue declarada de Interés Cultural, Turístico y Municipal por el Ministerio de Cultura, de Turismo y la Intendencia Municipal, respectivamente. En junio de 2001 el Ministro del Interior Guillermo Stirling ordenó la destrucción de los expedientes de templos afroumbandistas archivados en la Jefatura de Policía.
Tras un largo camino de lucha por la legitimación “la Umbanda y demás
cultos afro-indígenas nuclean en Uruguay a más de 300.000 personas que la practican sin contar los que simplemente concurren a sus "sesiones" en alguno de los casi 2.000 "terreiros" (templos) que existen actualmente”, sostiene Pablo Alfano en “Religiones afro-indígenas en América”. Sin embargo, la Encuesta Nacional de Hogares Ampliada, llevada a cabo por el Instituto Nacional de Estadística (INE) durante 2006, arroja datos certeros y no menos contundentes sobre la actualidad de las religiones de origen afro-americano en Uruguay. Según el estudio, 18 mil uruguayos (0.6% del total de la población) se declararon adherentes a estas creencias. La encuesta también señala que el 60% de los fieles residen en Montevideo (con mayor concentración de templos en barrios periféricos) y que el 57% son mujeres. Dos datos que llaman la atención son la mayoría de jóvenes entre sus creyentes (el 1% de los uruguayos de entre 26 y 45 años adhieren a estos cultos), y la baja relación entre la ascendencia y la práctica religiosa: sólo un 2.4 % de la población con ascendencia afro o negra se define como fiel a religiones de origen afroamericano.


IEMANJÁ GLAM

Es la noche de reyes en The Setai- Etoile du Sud de José Ignacio. Más de 800 personas van llegando a la fiesta organizada por una renombrada marca de champán y bautizada como `Une Nuit en côte d´ivoire´ (Una Noche en la Costa de Marfil). Cumpliendo con la consigna, los invitados visten de blanco y son recibidos por un grupo de percusión africana, acorde con la decoración basada en una estética afro en gama de marrones, terracotas, rojos, naranjas y ocres, a cargo de Gloria César. El menú es creación de Jean Paul Bondoux, la música es elegida por Martín Bernardo y entre los invitados se encuentran celebridades como Gustavo Cerati, Carolina Pampita Ardohain y Benjamín Vicuña, Franco y Gianfranco Macri, Iván de Pineda y Luz Barrantes, Teresa Calandra y Geraldine Neumann, entre otros.
Sin embargo, entre tanto detalle glam, el momento más alto de la noche, llegó de la mano de una aggiornada Iemanjá, cuando un grupo de 15 personas liderado por una mulata, todos de inmaculado blanco también, irrumpió en la fiesta y guió a los invitados, cautivados y curiosos, hacia la playa.
Iluminados por la luna, los “africanos” desplegaron un ritual para rendirle culto a la Diosa del Mar, mientras que los invitados recibían una flor de agaphantus blanca, pedían un deseo y la ofrendaban al mar.
Creer o reventar, Iemanjá, orixá de cultos afroamericanos, anfitriona de la convocatoria más representativa del verano esteño.


*DETALLE CURIOSO
Los 15 mil sellos postales con la imagen de Iemanjá que el correo imprimió en enero de 2003
www.correo.com.uy


*Nota publicada en La Diaria del lunes 2 de febrero de 2009.